Una estética del extrañamiento

Por Ignacio Szmulewicz

María Gabler es una artista que, como los infantes en sus años más dichosos, se sumerge con obsesión en la proyección mental de las más imposibles construcciones. La maravilla de todo esto es que esa libertad le permite llegar a terrenos que otros consideran inaccesibles, atisbar elementos que están ocultos tras los revestimientos o bien sugerir operaciones que escapan a las funciones establecidas.

 

Mirador constituye la segunda entrega de la saga de obras que María Gabler está realizando para Ciudad H. La primera de ellas, más escenográfica, se expuso en la residencia Cancha y la última será parte del cierre en Matucana 100. Cada una conforma un momento, un plateau literalmente, que nos acerca a asuntos que le interesa que observemos con mayor detención. Crear tal meseta para la contemplación es una de sus operaciones principales en este ciclo de obras.

 

Aunque a simple vista Mirador sea una obra emparentada con las operaciones del arte conceptual de los sesenta y setenta (un Dan Graham, por ejemplo), siguiendo la estela de la instalación o el site-specific (Michael Asher), me parece que sus raíces se hunden en un pasado más lejano, oscuro y misterioso. Quizás se trate de las ominosas visiones del surrealismo (el Schwitters, de la primera generación o el Svankmajer, de la segunda) o bien de la literatura de fantasía (El espejo en el espejo de Ende), o incluso, si nos dejamos llevar más atrás en las arenas del tiempo, sus impulsos pueden perfectamente coincidir con aquellos que motivaron la construcción del Sacro Bosque de Bomarzo.

 

Y esto acerca su trayectoria más a un Sebastián Preece que a un Pablo Rivera, a Olafur Eliasson que a Tadashi Kawamata, a un Héctor Zamora que a un Gonzalo Díaz. Cuando una porción importante de artistas vinculados a la arquitectura están en una matriz crítica o bien transformadora, el potencial vanguardista que discutía Malcolm Miles en relación a la obra de Marjetica Potrc, otra porción se mantiene en los bemoles que otorga la fascinación por las experiencias, por las alteraciones de los sentidos y por la ruptura de lo cotidiano.

Lo que quiero sugerir es que Mirador es una obra que propone un contrapunto con la arquitectura moderna (no tan sólo una crítica) en la medida en que sugiere el ingreso de aspectos irracionales, lúdicos y reprimidos por toda esta tradición (una especie de Hejduk en el campo del arte). Así, se trata de un artefacto cuyo vacío y silencio, cual espejo, se ve llenado por los deseos y pulsiones que provienen de los espectadores-habitantes: circulando, entrando o simplemente observando desde la altura.

 

La anécdota dice que Alfred Hitchcock gustaba preparar emocionalmente a sus actores con triquiñuelas de índole arquitectónica. Para la aclamada Psicosis al veinteañero Anthony Perkins se lo sometía diariamente a las más terroríficas experiencias de extrañamiento al irle restando peldaños a la escalera de la famosa house on the hill. Así, en el cine como en las artes visuales, el quiebre abrupto de lo normado sirve para despertar del placentero sueño de la cotidianidad.

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